Vivir es resistir la cruz interna de nuestra propia cobardía

- EDITORIAL

Vivir es resistir la cruz interna de nuestra propia cobardía
Vivir es resistir la cruz interna de nuestra propia cobardía

Y si, ahí estamos con sentencia condenatoria, cumpliendo con esta pena, este castigo específico y funesto.


Miro alrededor y observo que cada quien elije su exploración para transitar por esa excomunión eterna.

Hay quienes periódicamente se inventan personajes, y los van mutando una vez que dejan de cumplir con su efecto recreativo. Yo los llamo Los camaleones, porque son los que se inventan máscaras y héroes, cambiando de piel cuando el aburrimiento los alcanza.

También están aquellos que son arrastrados por ráfagas de desesperación. De ellos se apodera la decisión de combatir de frente al desamparo, pretendiendo inútilmente escapar. Pero, sin excepción alguna, sucumben irremediablemente en el intento. Para mí, estos son Los trágicos. Los que intentan embestir al abandono de frente, y en su desesperanza, terminan siendo aplastados por la realidad.

Otros, se aferran a utopías, luchando por alcanzar un ideal perfecto, una meta extraordinaria o un mundo ideal que sabemos, es imposible de realizar porque es un lugar que no existe. Un sueño imposible de una ilusión hermosa pero inalcanzable. Por lo tanto, yo sabía que eligiendo ese camino, estaría dedicando mi esfuerzo a un sueño inalcanzable.

Dudaba, aunque solo tenía que lograr la certeza para optar urgentemente. Recordé: "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá”. Estos son Los utópicos. Los que eligen el camino del sueño imposible.

Ahora ya lo entendía completamente. Lo crucial era elegir la utopía, aun sabiendo de antemano que es inalcanzable. Y esto cambia por completo las reglas del juego. Ya no es una ingenuidad ciega, es un acto de voluntad consciente. Sé que el horizonte no se deja atrapar, pero elegí caminar hacia él de todos modos.

Y ahí es donde mi mente, con una precisión quirúrgica, me llevó de vuelta a ese Polideportivo de la UNSL en 1997. Me conectó con Galeano (quien, nobleza obliga a la memoria, solía citar esa bellísima definición de la utopía que originalmente le pertenece a su amigo, el cineasta Fernando Birri).

Que en medio de esa búsqueda de certezas urgentes me haya saltado ese recuerdo de estudiante no es casualidad. Es mi propio inconsciente respondiéndome la pregunta del millón: ¿Para qué sirve la utopía si es inalcanzable? Sirve para eso, carajo. Para caminar.

Elegir la utopía, aun sabiendo que es un lugar que no existe, es quizás la forma más digna de rebelarse contra la condena. No me escondo en un personaje, no me dejo arrastrar por la ráfaga, elijo moverme hacia adelante, sabiendo que el valor no está en llegar, sino en el trayecto.

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