Este desajuste entre la necesidad de estar informados y el escaso valor (social y económico) que se le otorga a la profesión se debe a varias razones interconectadas.
En primer lugar, existe una crisis del modelo de negocio y la ‘gratuidad’. La llegada de internet acostumbró al público a consumir noticias sin pagar. Al caer los ingresos por publicidad tradicional o suscripciones, ocurrió un efecto dominó.
Nuestros ingresos bajaron, generando inseguridad y fragilidad laboral debido a que las tareas se multiplicaron. Como ocurre en muchos medios de comunicación, incluso en nuestro ZONA SUR SALTA, un mismo periodista hoy debe escribir, tomar fotos, grabar video y gestionar redes.
Por lo tanto, al haber menos presupuesto dedicamos menos tiempo para investigar, contrastar fuentes y movilizarnos al lugar de los hechos. Esto hace que gran parte de nuestro trabajo pierda calidad
En segundo lugar, para sobrevivir digitalmente, muchos medios dependemos del volumen de visitas, que ha llevado a una alarmante ‘infoxicación’. Se prioriza el escándalo, el chisme o el titular sensacionalista (clickbait, ciberanzuelo o cibercebo), sobre el análisis profundo. Y a esto hay que sumarle la inmediatez. La prontitud por ser el primero en publicar provoca que se cometan errores graves o que se difundan noticias sin verificar. El público percibe esto como falta de rigor.
Politización y pérdida de credibilidad
En un mundo altamente polarizado, la percepción de neutralidad se ha diluido en líneas editoriales extremas. Muchos medios, grandes y chicos, se han alineado de forma evidente con intereses políticos o corporativos específicos para asegurar su financiamiento.
El espejismo de la ‘democratización’ de la información
Con las redes sociales, cualquier persona con un teléfono inteligente puede reportar un evento en tiempo real. Esto ha generado una falsa equivalencia.
El mito: "Si ya me entero de todo por Twitter o TikTok, ¿para qué necesito a un periodista?"
Esto ignora que el verdadero periodismo no es solo contar qué pasó, sino investigar por qué pasó, verificar que sea cierto y darle un contexto. La falta de distinción entre un creador de contenido y un periodista profesional devalúa a este último.
La transversalidad de la  mala labor
Como en cualquier profesión, los errores de unos pocos manchan al colectivo. El periodismo agresivo, los opinólogos que se hacen pasar por periodistas y los difusores de chismes, suelen ser más visibles que el periodista de investigación que pasa tiempo revisando una nota y arriesgando hasta su integridad física al exponerse.
Lamentablemente el periodismo sobrelleva una paradoja porque por un lado es un pilar fundamental para la democracia, pero por otro se le juzga por sus peores ejemplos y se lo asfixia económicamente. Volver a valorar la profesión requiere que el público entienda que la información de calidad tiene un costo, y que los medios recuerden que su mayor activo no es el clic, sino la credibilidad.
