2016-04-08 10:39:19 - EDUCACIÓN
Tiempo de lectura: 6 minutos, 35 segundos La historia de Sergio �Clavito� Reales empieza un 16 de octubre de 1937, con su nacimiento en Joaqu�n V. Gonz�lez, en el coraz�n de una familia pobre. Cuando Sergio ten�a un a�o y siete meses, su padre don Segundo Liberato Reales, tuvo que abandonar la casa cuando los problemas conyugales, hac�an de la convivencia una situaci�n insostenible. Por entonces don Segundo se dedicaba a hacer carb�n, aunque tambi�n desarroll� otras actividades relacionadas con el campo. Fue en ese momento cuando su madre, do�a Julia Velarde, entreg� al peque�o Sergio al cuidado de su abuela materna, Simona Eladia Orquera, quien se encargar�a de �l hasta el d�a de su muerte acaecida 10 a�os despu�s. Algunos memoriosos recordar�n que la madre de �Clavito�, supo ser hasta 1981, ordenanza en la por entonces Escuela Nacional N� 204 Pedro B. Palacios (actualmente N� 704).
A�n hoy con 76 a�os, �Clavito� recuerda a su abuela con l�grimas en los ojos. En su coraz�n siente que con ella encontr� la contenci�n que su mam� jam�s le pudo brindar. Cuando muri� su abuela, dej� de estudiar. Por entonces, cursaba el tercer grado en una escuela que quedaba ubicada detr�s de las v�as, camino al cementerio. Todav�a no exist�a la escuela Mart�n Fierro, que fuera construida muchos a�os despu�s sobre la calle 20 de febrero. Seg�n �l recuerda, en el a�o 1948 hubo un temblor que destruy� gran parte de ese edificio escolar. �Clavito� ten�a como amigos de su infancia a: Manuel Paz, Cacho �gallito colorao� Aguirre, Chichi N��ez, el Negro Orquera, Azucena Soria, Antonia Orquera, Blanca Villareal y Lilia Dom�nguez, entre otros.
Cuando �Clavito� era chico, viv�a con su abuela en una humilde vivienda que estaba situada entre las calles 9 de Julio esquina Sarmiento. Era un gran predio donde para sobrevivir, se dedicaban a la cr�a de cabras, ovejas, chanchos, gallinas, pavos, patos, que eran vendidos a medida que la necesidad se hac�a presente en el hogar. Aunque jam�s la abundancia se instal� en sus a�os de ni�ez (ni tampoco hoy en su adultez), siempre supo que �no es rico el que m�s tiene, sino el que menos necesita�. Y con eso le alcanzaba, y a�n hoy le es suficiente, como para construir buenos momentos de felicidad.
Panes y l�tigo
Volviendo a la historia de �Clavito� ni�o, hay que decir que la muerte de la abuela Simona golpe� su alma y sacudi� la tranquilidad de sus d�as. Sucedi� que tuvo que regresar a convivir con su madre, quien lo trataba con mucho rigor y cierta indiferencia. Despu�s del mediod�a, cuando sal�a de escuela, vend�a pan salado y pan dulce. Despu�s volv�a a su casa y le cargaban un canasto repleto con rosquetes masitas y empanadillas. Con ese dinero ayudaba a la econom�a del hogar. Pero no sea cosa que le faltara una moneda o algo del preciado cargamento, porque el castigo era feroz. Los chicotazos con un l�tigo trenzado, se hac�an sentir en el fr�gil cuerpo del chiquillo.
Pelotazo de la desgracia
El Gonz�lez de aquellos a�os, ni remotamente se asemejaba a este. A finales de los 40' era un pueblito peque�o, un caser�o exiguo, casi insignificante. Por entonces, nuestro amigo �Clavito� no ten�a tiempo para disfrutar de los juegos infantiles propios de su edad. Cuando otros ni�os correteaban tras de una pelota, �l transitaba las calles del poblado, ofreciendo los panes y las masitas. Pero tambi�n hay que decir, que esa imposibilidad efectiva de participar en alg�n entretenimiento de los chicos, no le imped�a darse un recre�to para ver como jugaban los otros. Un d�a mientras iba con su canasta repleta de panecillos y masitas, vio que se hab�a armado un picadito de f�tbol en una canchita que hab�a sobre avenida G�emes entre Mariano Moreno y 9 de julio. �Clavito� no tuvo mejor idea que ubicarse de espectador, muy cerca de uno de los arcos. Apenas iniciado el cotejo, por coincidencia o maldita desgracia, un pelotazo le vino a dar en la frente y lo mand� al piso semi nocaut para la cuenta de 10. Cuando reaccion�, las masitas estaban a metros del infortunado vendedor. Para peor de males, algunas casi enterradas en la arena. Cuando lleg� a su casa lig� la paliza de su vida, que a�n recuerda con lujos de detalle pero sin rencor.
La ilusi�n m�s deseada
Su mayor deseo siempre fue conocer a su padre y esa idea le daba vueltas en la cabeza y le avivaba el esp�ritu. A los 15 a�os empez� a trabajar con su t�o Arsenio Orquera como ayudante de alba�il. Ya a los 17 decidi� que hora de cumplir su anhelo m�s preciado. Era mayo, y el fr�o persistente se le colaba en los huesos. Acompa�ado por su hermano mayor, Ram�n Adolfo Reales, quien ten�a 7 a�os m�s que �l, se treparon a un colectivo maltrecho y destartalado que los llev� hasta Punta del Agua, una peque�a poblaci�n distante a 6 kil�metros de la localidad de El Galp�n. En una humilde casa de campo su padre se desempe�aba cuidando animales. Los changos temblorosos por el fr�o y la emoci�n llegaron a la vivienda y se presentaron. Su padre no pod�a parar de llorar ni de pedir disculpas. Sus hijos lo abrazaron en silencio, pero sintiendo que ese era el d�a m�s feliz de sus vidas.
Carne ajena, tentaci�n divina
Cuando fue a conocer a su padre, decidi� ese mismo d�a quedarse a vivir un tiempo con �l. Lo ayudaba en las tareas cotidianas, y de pas�, recuperaba tantos a�os perdidos sin la presencia del viejo. Y descubri� en �l, a un hombre excelente: recto, honesto, pero bueno y comprensivo a la vez.
Un d�a mientras estaban abocados a las labores campestres, ocurri� un episodio que tambi�n se constituir�a en su historia, como un hecho inolvidable. En medio del campo, a unos 50 metros de la casa de su padre, vio emerger de una vivienda vecina a una morena insoportablemente bella y llamativamente voluptuosa. Nuestro amigo, no solo que no hab�a visto mujer m�s atrayente que esa, sino que tampoco hab�a disfrutando jam�s, el n�ctar de ninguna preciada flor.Su padre le brind� una mirada c�mplice y le dijo: ��es linda la chinita queno? Tiene 19 a�os, dos a�os m�s que vos. Pero ojo, est� casada con un domador que sale a trabajar los lunes y vuelve los s�bados. Adem�s, tienen un hijo chiquito, como de dos a�os. Tu hermana, la Negra, sabe ir a hacerle compa��a para que no est� sola�.
Esa noche �Clavito� no pudo dormir, y en su fastidioso insomnio, imaginaba tener entre sus brazos, el cuerpo perfecto de esa morena deliciosa. Aunque m�s no sea, por un instante leve.
La noche siguiente, cuando se dispon�a a cenar con su familia, entr� a la sala la bella jovencita. �Clavito� se estremeci�, y luego qued� paralizado y mudo cuando la chica dijo: �vengo a pedirle permiso don Reales, para que su hijo me acompa�e por esta noche. Estoy sola y tengo miedo�. Don Reales, que era un hombre conocedor de amor�os, contest�: �ning�n problema, cuando termine de cenar que vaya�.La chica replic�: �puede cenar en mi casa, tengo comida lista y de sobra�.
Con la luz de la luna como �nico testigo, �Clavito� recorri� esos 50 metros como si fueran miles. Al llegar a la casa la cena qued� para despu�s. Hicieron el amor en la cama y despu�s fueron hacia un manantial que estaba a 20 metros, y no pararon de amarse hasta el amanecer.
Marche preso
Cuando ten�a 24 a�os Sergio �Clavito� Reales fue detenido y trasladado a la comisar�a. Ustedes se preguntar�n: �Por qu�? El motivo fue algo bastante sencillo y hasta perdonable. El muchacho se hab�a convertido en un amante inagotable. Andaba picoteando a una chiquilla de 16 a�os, y a pesar de las reiteradas amenazas del padre de la novia, �l segu�a brindando sus servicios amoriles a la peque�a mujer. Lo denunciaron, fue preso, y no le qued� (aunque medio a la fuerza), otra alternativa m�s que casarse. Con ella, Amalia Esther Romero, tuvo dos hijas: primero a Julia Noem�, y dos a�os despu�s a Eladia del Valle. A los 29 se separ� y nunca se m�s volvi� a casar.
La vida es bella
Ya en los tramos finales de su vida, Sergio �Clavito� Reales asegura que la vida es bella y sorprendente. Siente que no tiene reproches para nadie, a pesar de algunas vicisitudes poco felices de su cotidianeidad. Comprendi� que la felicidad se consigue en las simples cosas de la vida, y que verdaderamente, no es rico el que m�s tiene, sino el que menos necesita.
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