Instintivamente persuadimos a nuestros hijos a seguir atados a nosotros, y esta conducta con el tiempo hace personas sin autonomía ni independencia. Seres incapaces de asumir responsabilidades, pero que, sin embargo, exigen y eligen hasta con cierta vehemencia, cualquier antojo ocurrente. Y esto empieza en sus primeros años, y continúa aun en su adultez.