Fue la reverencia del presente al hombre cuyos ojos vieron, textualmente, todo el fútbol moderno. Un cronista inmaculado que arrancó a transmitir en Suecia 58 —cuando las crónicas se enviaban por telegrama— y que hoy despunta el vicio para DSports en la era del Wi-Fi, la inmediatez y la inteligencia artificial, acumulando el récord absoluto de 18 mundiales consecutivos.
La retina de Macaya es el único puente vivo que une la prehistoria del juego con la actualidad. Sus ojos vieron a un Pelé de 17 años asombrar al planeta y coronarse tres veces estuvieron ahí cuando Johan Cruyff y la Holanda del 74 revolucionaron el mundo con el "Fútbol Total" y capturaron el desahogo de Mario Kempes en el 78. Vieron a Diego Maradona tocar el cielo en el 86, llorar en Italia 90 y sufrir el dolor del 94, mientras Gabriel Batistuta rompía redes en tres mundiales distintos. Guardaron el cabezazo de Zidane en el 98, el milagro de Ronaldo en 2002 y, por supuesto, el debut mundialista de un chico rosarino en 2006, al que acompañó en toda su evolución hasta verlo alcanzar la gloria eterna en Qatar 2022 y convertirse en el máximo goleador de los mundiales en este 2026.
Amigo íntimo de Alfredo Di Stéfano y autor de Jugar al fútbol —una biblia indispensable para entender la evolución de los sistemas tácticos—, Macaya estudió el deporte como una ciencia y lo respetó como un arte.
En una profesión que a veces se encandila con el grito y la polémica barata, su carrera es un faro y un ejemplo para todas las generaciones: nunca una opinión de más, jamás una falta de respeto, siempre el análisis riguroso. Los reyes del fútbol pasaron, pero los ojos de Macaya permanecen.
