El compromiso real

- OPINIÓN

El compromiso real
El compromiso real

No basta con regar la 'plantita'. Para sostener un vínculo fuerte entre dos personas, de manera atrayente y placentera, tiene que existir amor y constancia


Siempre se ha dicho que para que el amor perdure en una relación de pareja, es menester regar la "plantita". Es una metáfora simpática, casi idílica, que evoca una rutina ligera y predecible. Sin embargo, con el correr del tiempo y el embate de la realidad, es fácil darse cuenta de que en realidad no basta con el simple acto mecánico de volcar un poco de agua. El amor verdadero no es un elemento decorativo de interiores que sobrevive con cuidados nominales es un organismo vivo, complejo y expuesto a la intemperie de la existencia. Para que eche raíces profundas, hay que hacer mucho más que eso.

La "plantita" en las uniones personales necesita un cuidado activo, deliberado y, sobre todo, presente. Requiere una atención que no sabe de comodidades ni de horarios convenientes. Exige que en las madrugadas intensamente gélidas de invierno (esas épocas de distancia afectiva, crisis personales o silencios incómodos) salgamos al jardín descalzos para cubrirla con una lona, protegiéndola para que la helada del orgullo o la indiferencia no la queme. De igual manera, es necesario que le regalemos agua abundante y frescura cuando el intenso calor del verano arrecie es decir, cuando la rutina agobie, el estrés del día a día seque la tierra de la paciencia y los conflictos amenacen con marchitar la complicidad.

Sostener un vínculo no es un acto pasivo de resistencia, sino una artesanía diaria donde se aprende a leer las necesidades del otro y del espacio común, incluso cuando el clima propio es adverso.

Como partes interesadas en prolongar en el tiempo lo mejor de compartir la vida, debemos entender que el amor no se mantiene por inercia. Siendo consecuentes con ese proyecto que elegimos voluntariamente de estar unidos, es indispensable convertirnos en celosos y conscientes vigilantes de su bienestar. Esto no implica una vigilancia controladora sobre el otro, sino una custodia compartida sobre el espacio que habita la relación. Significa aprender a podar a tiempo las malas hierbas del resentimiento y abonar la tierra con validación, escucha auténtica y pequeños contratos renovados.

Cuidaremos esa 'plantita' con la misma entrega, devoción y sagrada paciencia con la que el Principito protegió a su rosa en el pequeño asteroide que compartían. Sabiendo, tal como descubrió el personaje de Saint-Exupéry, que nuestra rosa no es valiosa por ser única en el universo, sino por el tiempo, el desvelo y el alma que le hemos dedicado. Al final del camino, el esplendor de lo cosechado no será el resultado del azar, sino el testimonio silencioso de dos personas que decidieron no rendirse ante las estaciones más duras.

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