Ella era silenciosa, parecía frágil, pero a la vez sombría y peligrosa. Durante veinte años aprendí a leer cada uno de sus gestos, a anticipar las tormentas detrás de sus ojos, pero nunca logré descifrar el misterio de su péndulo emocional.
Aunque no era bella, en sus momentos alegres se veía radiante e iluminada, con una sonrisa atrapante que le marcaban ‘hoyuelos’ en sus mejillas. Esos eran los días en que el sol entraba de lleno en nuestra casa. Esos hoyuelos eran mi refugio, la prueba de que valía la pena insistir. Lo curioso y triste a la vez es que pasaba rápidamente de ese estado rutilante, a momentos oscuros de visible intolerancia y mal humor. Bastaba una palabra mal puesta, un silencio prolongado o un detonante invisible para que la luz se apagara de golpe.
Por alguna inexplicable razón se transformaba en un ser taciturno. Daba la sensación de espantarse y retroceder a medida que más cercana estaba de la felicidad plena. Como si la alegría le diera vértigo, o como si sintiera que no se la merecía y tuviera que sabotearla antes de que alguien se la quitara. Es como si ese dulce amor que por breves momentos sentía que me daba, se transformaba en hiel amarga y más duradera. Al final, los días de hiel empezaron a ganarle terreno a los días de sol.
Desmoralizado, pensé que ya no me quería lo suficiente como para seguir juntos de la mejor manera. El cansancio se volvió un peso físico en el pecho. Quizás las dos décadas de convivencia, donde existieron muchos desencuentros en todos los sentidos, hoy me está pasando una cuenta demasiado alta que no creo tener ningún modo de pagar.
Mientras ella dormía en la habitación contigua, atrapada en uno de sus habituales días taciturnos, comencé a sentir el peso de esos desencuentros acumulados. Entendí, con una claridad dolorosa pero liberadora, que su vaivén emocional no era mi culpa, ni tampoco un castigo que yo debiera pagar para siempre. Ella me quería desde donde podía, pero su cariño siempre venía acompañado de ese invierno inexplicable.
Me quedé mirándola en el desayuno, oculta tras su taza de té y su muralla de silencio. Ahí estaba otra vez, atrapada en su propio inframundo. Y yo, con las manos vacías y los bolsillos rotos. De tanto intentar comprar su paz, entendí que no se puede salvar a quien ha hecho de su propia sombra su fortaleza
Dejé la taza sobre la mesa. El sonido del choque de la cerámica rompió el mutismo de la cocina, y por primera vez en varios días, ella me miró de verdad. Sus ojos, antes radiantes, volvieron a esa fijeza sombría.
—Ya no puedo pagar esta cuenta —le dije, con una voz que me desconoció a mí mismo por lo tranquila que sonaba.
Ella frunció el ceño, y esos hoyuelos que alguna vez me dieron vida se esfumaron por completo, reemplazados por una mueca dura.
—Siempre hablas así cuando queres culparme de algo —respondió ella, con esa hiel amarga tiñendo sus palabras.
—No te culpo. Me culpo a mí por creer que si ponía suficiente amor, tu balanza dejaría de inclinarse hacia la oscuridad. Últimamente pasamos el tiempo rivalizando, discrepando, y ya no me queda nada que ofrecerte. Ni a vos, ni a este silencio.
Esperaba esa intolerancia fría a la que me había acostumbrado. En cambio, vi un destello de ese ser frágil que se espantaba ante la felicidad. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato, retrocediendo una vez más a su inframundo privado. Y en ese último repliegue, supe que la conversación había terminado mucho antes de empezar.
